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Internacional

Crisis climática en EU frente al negacionismo de Trump

El 11 de febrero, el presidente Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva para Fortalecer la Defensa Nacional de Estados Unidos con la Flota de Generación de Energía de Carbón Hermoso y Limpio de América, que obliga al Pentágono a priorizar el uso de carbón para alimentar la “insaciable” demanda energética de la Inteligencia Artificial. Con la excusa de ganar la carrera tecnológica contra China, el gobierno rescatará plantas obsoletas mediante contratos a largo plazo, alegando que solo el carbón puede sostener los centros de datos de la IA las 24 horas del día.

Es la ironía definitiva de este 2026: el mandatario apuesta por el combustible del siglo XIX para alimentar la tecnología del futuro, ignorando que esa misma combustión es la que está rompiendo el equilibrio del Ártico y provocando el invierno mortal que hoy tiene a millones de estadounidenses bajo la nieve.

Estados Unidos atraviesa el invierno más feroz de la década. Y no, no se trata de una nueva era glaciar ni de que el calentamiento global se haya tomado vacaciones. La realidad, de la que Trump prefiere burlarse, es una crisis sistémica: una serie implacable de vórtices polares que ya se han cobrado la vida de 153 personas.

Con un impacto Económico por daños a la infraestructura que superan los $25,000 millones de dólares. Un Caos Logístico donde Cerca de 4.2 millones de pasajeros fueron afectados por retrasos o cancelaciones masivas de vuelos. Y Temperaturas Extremas, con termómetros que se desplomaron hasta los 43 grados bajo cero, con 24 estados en emergencia.

Mientras Trump pide “un poco de calentamiento global” desde la comodidad de su club en Florida, tres millones de estadounidenses permanecieron a oscuras este enero y 18,000 vuelos fueron cancelados. No es falta de calor; es el colapso de un equilibrio climático que el presidente se empeña en ignorar y acentuar con su reciente firma.

Este no es un fenómeno meteorológico aislado, sino el síntoma de un planeta cuya regulación térmica está alterada. El aumento global de 1.5 °C por la acumulación de gases de efecto invernadero, principalmente CO2 derivado de la quema de combustibles fósiles, incluido el carbón, no se traduce únicamente en más calor, sino en un desajuste climático.

Qué es el vórtice polar

Este desequilibrio provoca fenómenos extremos como olas de calor, sequías e incendios, pero también inundaciones, huracanes más intensos por el calentamiento de los océanos y episodios de frío extremo vinculados a alteraciones en el Ártico y al debilitamiento del vórtice polar. Ese aire gélido ya ha generado heladas inéditas en zonas como Cuba o Florida.

La postura escéptica de Donald Trump ante la crisis climática no es nueva; la ha sostenido desde 2016. En su primer mandato desmanteló protecciones ambientales, incluida la salida del Acuerdo de París. En su segundo periodo, la postura se volvió más radical, con una ofensiva directa contra la descarbonización.

Esta narrativa conecta con sectores ultraconservadores que ven la transición energética como amenaza económica. Además, la industria carbonífera, petrolera y gasística fueron el pilar financiero clave en su campaña de 2024, aportando más de 200 millones de dólares. Esa relación ha reforzado una agenda centrada en la explotación total de recursos.

Bajo el lema “Drill, baby, drill” (perfora, nena, perfora), Trump ha expandido las subastas para la extracción de crudo en tierras federales, priorizando una supuesta autosuficiencia energética por encima de cualquier regulación ambiental. En paralelo, reivindica el “beautiful coal” como un símbolo de la industria tradicional, aunque ese “carbón limpio” sea más una bandera política que una solución técnica. Es la paradoja de un gobierno que intenta resucitar una tecnología del siglo XIX para sostener la economía del siglo XXI.

Alimentar el futuro con combustibles del pasado no es progreso, es un retroceso que profundiza un colapso climático irreversible. Mientras el país paga el costo bajo metros de nieve y redes eléctricas caídas, nos exponemos a desastres cada vez más agresivos para concentrar la riqueza en una fracción mínima de la población. No es desarrollo tecnológico; es una condena ecológica en nombre de un beneficio de unos cuantos.

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