Isabel Díaz Ayuso, La presidenta de la Comunidad de Madrid, intentó hacer una misa en memoria de Hernán Cortés, ignorando que su figura sigue envuelta en una historia de ambición y violencia.
Señalado por matanzas y hasta sospechoso de asesinato de su primera esposa, Catalina Suárez Marcayda, en 1522. Cinco siglos después, su sombra continúa proyectándose, mientras sus restos permanecen ocultos en una iglesia del Centro Histórico, como uno de los secretos más incómodos de la capital.
Hablar de Cortés no es un simple ejercicio de memoria. Su reivindicación funciona como una provocación política que convierte la historia en un campo de disputa ideológica. Al recuperar la figura del conquistador, sectores de la derecha española (y mexicana) intentan rehabilitar una visión de “imperio”, “civilización” y “patria” que choca con la sensibilidad histórica mexicana.
Hernán Cortés no fue un soldado ordinario, sino un estratega militar hábil y un político profundamente maquiavélico.
Supo aprovechar las fracturas del Imperio mexica y el resentimiento de pueblos sometidos para encabezar una guerra con apoyo indígena. Sin embargo, su capacidad táctica estuvo marcada por una ambición desmedida y la de sus subordinados: traicionó aliados, desafió a sus superiores y utilizó la diplomacia como instrumento de manipulación antes de recurrir a la violencia.
La narrativa conservadora suele omitir que Cortés pasó buena parte de su vida enfrentando procesos legales y disputas con la propia Corona que decía defender. Durante los Juicios de Residencia fue señalado por peculado, ocultamiento de riquezas destinadas al “Quinto Real”, abuso de poder y violencia excesiva.

Entre los episodios más cuestionados se encuentran la ejecución de Cuauhtémoc en 1525 y la matanza de Cholula, considerada incluso por cronistas de la época como una acción brutal e innecesaria. También persistieron sospechas sobre la muerte de su primera esposa, Catalina Suárez, ocurrida en 1522 bajo circunstancias consideradas extrañas.
Hernán Cortés y Catalina Suárez Marcayda (también llamada Catalina Xuárez), una dama española “de alcurnia”, hija de Diego Suárez Pacheco y María de Marcayda, con quien se casó en Cuba alrededor de 1517, que de acuerdo a las crónicas fue por presión del gobernador Diego Velázquez.
Catalina no acompañó a Cortés durante el inicio de la conquista, llegando a México en 1522, tras la caída de Tenochtitlan.
Su matrimonio fue complejo, y Catalina murió en circunstancias sospechosas el 1 de noviembre de 1522, poco después de reunirse con él en la Nueva España.

Catalina Suárez Marcayda, primera esposa de Hernán Cortés y a quien el conquistador habría asesinado.
De acuerdo a testimonios recabados por sus lugartenientes, Catalina murió tras una discusión con Cortés en Coyoacán. Aunque se reportó una “muerte natural” (asma o paro cardíaco), hubo rumores de estrangulamiento, convirtiéndose en uno de los episodios más oscuros de la vida del conquistador.
Para el discurso promovido por Ayuso y sectores de la derecha española, la conquista llevó lengua, religión y las instituciones occidentales a América. Esa visión reduce un proceso violento a un legado de deuda y gratitud, ignorando el sistema de castas, explotación y dominación colonial.
Los restos de Hernán Cortés permanecen discretos en la Iglesia de Jesús Nazareno del Centro Histórico de la Ciudad de México, terminan siendo una metáfora poderosa. El conquistador permanece físicamente aquí, como expresó en su testamento de 1547, pero como una figura incómoda atrapada entre el rechazo en su propio terruño y la disputa política.
A más de cinco siglos, Cortés sigue siendo uno de los puntos más tensos en la relación simbólica entre México y España. No es solamente un personaje histórico: representa una herida abierta que distintos sectores utilizan como bandera ideológica y que obliga a reconocer que la identidad mexicana nació de un choque violento y contradictorio.